Capítulo 28
El apartamento de Robert Trottier había sido puesto a la venta durante un año y medio.
—Debe de haberse demorado por causa del precio.
—No lo sé, Ryan. Nunca he estado allí.
—Yo lo he visto por televisión.
—¿Remax?
—Royal LePage,
—¿Anuncios?
—Así lo cree él. Estamos comprobando.
—¿Letrero exterior?
—Sí.
—¿Y Damas? —me interesé.
Ella, su marido y sus tres hijos vivían con los padres de él, que poseían la casa desde que se creó la tierra y en ella morirían. Medité unos instantes sobre el tema.
—¿Qué hacía Grace Damas?
—Criaba niños, hacía tapetes de ganchillo para la iglesia, realizaba algún trabajo a tiempo parcial. ¿Está preparada para esto? En una ocasión trabajó en una carnicería.
—Perfecto. ¿Y el marido?
—Limpio. Conduce un camión. —Pausa—. Como anteriormente hacía su padre. Silencio.
—¿Cree que esto significa algo? —pregunté.
—¿El metro o los anuncios?
—Ambos.
—¡Diablos, Brennan, no lo sé! —Nuevo silencio—. Déme un escenario.
Había tratado de ingeniar algo.
—Bien. Saint Jacques lee los anuncios de ofertas inmobiliarias, escoge una dirección. Luego se aposta hasta que detecta a su víctima. La sigue, aguarda su oportunidad y por fin provoca la emboscada.
—¿Qué tiene que ver aquí el metro?
Medité unos momentos.
—Es como un juego para él. Es el cazador y ella la presa. El escondrijo de Berger es su madriguera. La aborda con los anuncios por palabras, la sigue y luego se prepara para asesinarla. Sólo utiliza algunas zonas de caza.
—La salida de la sexta estación.
—¿Tiene alguna idea mejor?
—¿Por qué anuncios de fincas inmobiliarias?
—¿Por qué no? Un objetivo vulnerable, una mujer sola en casa. Imagina que, si vende, la encontrará para mostrar la propiedad. Tal vez llama. El anuncio le facilitara el acceso.
—¿Por qué seis estaciones?
—No lo sé. El tipo está loco.
Brillante, Brennan.
—Debe de conocer la ciudad a la perfección.
Meditamos sobre ello.
—¿Empleado del metro?
—¿Taxista?
—¿Servicio Público?
—¿Policía? —dije.
Se produjo un intervalo de tenso silencio.
—Brennan, no pue...
—No.
—¿Qué me dice de Trottier y Damas? Éstas no encajan.
—No.
Silencio.
—Gagnon fue encontrada en el centro de la ciudad; Damas en Saint Lambert; Trottier en Saint Jerome. Si nuestro sujeto es una persona que se desplaza diariamente a su trabajo ¿cómo hacer frente a esto?
—No lo sé, Ryan. Pero son tres de cada cinco, tanto en los anuncios como en las paradas de metro. Fíjese en Saint Jacques o quienquiera que sea esa rata. Tiene su madriguera precisamente en Berri-UQAM y coleccionaba anuncios por palabras. Esto merece algún seguimiento.
—Sí.
—Podríamos comenzar con la colección que poseía Saint Jacques, ver qué había recogido.
—Sí.
Se me ocurrió otra idea.
—¿Y qué tal acerca de esbozar su retrato? Ya contamos con suficientes datos para intentarlo.
—Muy moderno.
—Podría ser útil.
Interpreté su pensamiento a través de la línea telefónica.
—Claudel no tiene por qué enterarse. Yo podría fisgonear de modo no oficial, descubrir si vale la pena profundizar en ello. Contamos con los escenarios del crimen de Morisette-Champoux y Adkins, el modo en que se produjo la muerte y cómo se dispuso del cadáver en cuanto a las restantes. Creo que podrían funcionar con esto.
—¿Se refiere a Quantico?
—Sí.
Profirió un resoplido.
—De acuerdo. Estarán tan saturados que no le devolverán la llamada hasta el siglo que viene.
—Conozco a alguien allí.
—No me sorprende. —Suspiró—. ¿Por qué no? Pero sólo una consulta en ese sentido. No nos comprometa en absoluto. La solicitud debe proceder de Claudel o de mí.
Al cabo de unos momentos marcaba el prefijo de Virginia y pedía por John Samuel Dobzhansky. Aguardé. El señor Dobzhansky estaba ilocalizable. Dejé un mensaje.
Intenté hablar con Parker Bailey. Otra secretaria, otro mensaje.
Llamé a Gabby para saber sus planes para la cena. Me respondió mi propia voz en el contestador. Lo intenté con Katy. Nuevo mensaje. ¿Acaso nadie se hallaba jamás en su lugar?
Dediqué el resto de la mañana a la correspondencia y a revisar trabajos de los alumnos mientras aguardaba a que sonara el teléfono. Deseaba hablar con Dobzhansky y con Bailey. Parecía sonar un reloj en mi cabeza que me impedía concentrarme. Cuenta atrás. ¿Cuánto tardaría en aparecer la próxima víctima? A las cinco renuncié y me fui a casa.
El apartamento estaba en silencio. Ni rastro de Birdie ni de Gabby.
—¿Gab? Tal vez estuviera durmiendo.
La puerta de la habitación de invitados seguía cerrada. Birdie dormitaba en mi lecho.
—Sois tal para cual vosotros dos —dije mientras le acariciaba la cabeza—. Vamos. Es hora de que te limpie la lata.
El olor a suciedad era intenso.
—Tengo demasiadas cosas en la cabeza, Bird. Lo siento.
No recibí ninguna muestra de reconocimiento.
—¿Dónde está Gabby?
Me devolvió una mirada inexpresiva mientras se desperezaba.
Le cambié la arena. Birdie me lo agradeció utilizándola y vertiendo parte en el suelo.
—Vamos, Bird, trata de no echarla fuera. Gabby no es una compañera de baño muy limpia. Procura esmerarte tú.
Contemplaba su revoltijo de lociones limpiadoras y cosméticos.
—Parece que lo ha recogido un poco.
Busqué una coca cola light y me puse unos pantalones cortos. ¿Qué plan tenía para cenar? ¿A quién intentaba engañar? Saldría a la calle.
El contestador automático se encendió. Había un mensaje. Era yo misma que había llamado sobre la una. ¿Acaso Gabby no lo había oído o no le había hecho caso? Tal vez había desconectado el teléfono, o quizás estuviera enferma o no se encontrara en casa. Fui hasta su habitación.
—¿Gab?
Llamé con suavidad.
—¿Gabby?
Insistí con más fuerza.
Abrí la puerta y en el interior descubrí el caos habitual que la acompañaba: joyas, papeles, libros y ropas por doquier. Un sujetador pendía del respaldo de una silla. Inspeccioné el armario y me encontré zapatos y sandalias amontonados. Y, entre toda aquella confusión, la cama estaba pulcramente hecha. Me chocó tal incongruencia.
—¡Hija de perra!
Birdie se deslizó por mis piernas.
—¿Estaría ella aquí anoche?
Me miró, saltó a la cama, la rodeó por dos veces y se instaló. Me dejé caer a su lado, con el nudo familiar en la boca del estómago.
—Ha vuelto a hacerlo, Bird.
El animal extendió su garra y se la lamió.
—Y ni siquiera una mísera nota.
Birdie se centró en los espacios interiores.
—No quiero pensar en esto —concluí.
Me levanté y fui a vaciar el lavavajillas.
Al cabo de diez minutos me había tranquilizado bastante para marcar su número. Como era de esperar no obtuve respuesta. Intenté la universidad asimismo sin éxito.
Fui a la cocina, abrí el refrigerador y lo cerré. ¿Cenaría? Volví a abrirlo y cogí otra bebida. Pasé al salón, dejé la nueva lata junto a la anterior, conecté el televisor y paseé por los canales hasta escoger una comedia de situación que no pensaba seguir. Mis pensamientos discurrían de los crímenes a Gabby, al cráneo hallado en el jardín y vuelta a empezar, incapaz de centrarme en nada. La cadencia del diálogo y las risas grabadas facilitaban un sonido de fondo mientras mis pensamientos giraban en torno como partículas atómicas.
Sentía ira hacia Gabby, estaba resentida por haber permitido que me utilizara. Me sentía dolida por causa de ella y sentía temores acerca de mi seguridad, temor de que apareciera una nueva víctima y frustración por mi estado de indefensión. Estaba emocionalmente herida, pero no podía dejar de autoincreparme.
No soy consciente del tiempo que permanecí en tal situación hasta que sonó el teléfono, que proyectó una oleada de adrenalina por mi cuerpo.
¡Sería Gabby!
—¡Hola!
—Con Tempe Brennan, por favor.
Era una voz masculina familiar, tanto como mi infancia en el Medio Oeste.
—¡John! ¡Dios, cuánto me alegra oírte!
John Samuel Dobzhansky, mi primer amor. Consejeros. Campamento de Northwoods. El idilio se prolongó aquel verano y el siguiente y prosperó hasta nuestro primer año de universidad. Yo marché al sur; J. S. al norte. Yo escogí antropología y conocí a Pete. Él estudió psicología, se casó y se divorció dos veces. Años después volvimos a entrar en contacto en la Academia. J. S. se especializó en homicidio sexual.
—¿Conservas los sentimientos del campamento Northwoods? —preguntó.
—En mi mente —repuse.
Así concluía la letra del himno del campamento. Nos echamos a reír.
—No sabía si esperabas que te llamase a tu casa, pero al dejarme el número imaginé que podía intentarlo.
—Me alegra que lo hayas hecho. Gracias. Deseo recurrir a tu cerebro acerca de la situación que se nos presenta aquí. ¿Te parece bien?
—¿Cuándo dejarás de decepcionarme, Tempe? —se fingió herido.
Habíamos coincidido en las reuniones de la Academia y, al principio, estuvo latente entre nosotros la posibilidad de una aventura amorosa. ¿Debíamos forzar los recuerdos de adolescentes? ¿Seguía aún vigente la pasión? La idea decrecía bilateralmente, aunque sin expresarla de modo tácito. Consideramos mejor dejar el pasado intacto.
—¿Qué hay de aquel nuevo amor que me mencionaste el año pasado?
—Desaparecido.
—Lo siento, John. Aquí tenemos unos asesinatos que creo que están vinculados. Si te doy una visión general del conjunto, ¿podrás opinar si se trata de crímenes en serie?
—Puedo opinar sobre cualquier cosa.
Era una de nuestras frases favoritas de antaño.
Le describí los escenarios de Adkins y Morisette-Champoux y subrayé lo que se había hecho a las víctimas. Le expliqué cómo y cuándo se habían encontrado los restantes cadáveres y cómo los habían mutilado. Luego añadí mis teorías sobre el metro y los anuncios por palabras.
—Tengo dificultades para convencer a la policía de que estos casos se hallan relacionados. Ellos se obstinan en decir que no existe ninguna pauta. Hasta cierto punto, tienen razón. Las víctimas son todas diferentes: una murió de un disparo, y las otras no; vivían en distintos lugares. Nada parece tener conexión.
—Bien. Bien. Tranquilízate. Lo enfocas de un modo equivocado. En primer lugar la mayor parte de lo que dices tiene que ver con un modus operandi.
—Sí.
—Las similitudes del modus operandi pueden ser útiles, no me interpretes mal, pero son en extremo comunes las disparidades. Un asesino puede amordazar o atar a su víctima con un cordón telefónico en una ocasión y, la próxima, ir provisto de una cuerda. Acaso apuñale o destripe a una persona y mate de un tiro o estrangule a la siguiente. Puede robar a unas, y a otras no. Te hablo de un tipo que utiliza diferente clase de armas cada vez. ¿Me sigues?
—Sí.
—El modus operandi de un criminal nunca es estático. Como todo lo demás, siempre existe una curva de aprendizaje. Esos tipos mejoran con la práctica. Aprenden qué es lo que funciona y mejoran continuamente su técnica. Algunos más que otros, desde luego.
—Muy consolador.
—Asimismo existen múltiples acontecimientos azarosos que pueden afectar los actos de un criminal, con independencia de sus planes mejor conformados. Suena un teléfono, aparece un vecino, se rompe una cuerda y tiene que improvisar.
—Comprendo.
—No lo interpretes erróneamente. Las pautas del modus operandi son útiles, y las utilizamos, pero las variaciones no significan gran cosa.
—¿Y qué es lo que utilizáis?
—El ritual.
—¿El ritual?
—Algunos de mis colegas lo llaman la firma o tarjeta de visita, y sólo se descubre en algunos escenarios. La mayoría de los criminales desarrollan un modus operandi porque, cuando un plan funciona un par de veces, sienten crecer su confianza en él y creen que reduce su riesgo de ser descubiertos. Pero en los elementos violentos y repetitivos hay algo más que funciona. Esa gente está impulsada por la ira. Su ira los induce a fantasear sobre violencia y, al final, ejecutan tales fantasías. Pero la violencia no basta. Implica rituales para expresar la ira. Esos rituales son los que por fin los descubren.
—¿Qué clase de rituales?
—Por lo general consisten en controlar, tal vez humillar a la víctima. Verás, la persona no es lo realmente importante. Su edad, su aspecto acaso sean irrelevantes. Lo importante es la necesidad de desencadenar la ira. Yo encontré a un tipo cuyas víctimas oscilaban de siete a ochenta y un años.
—Así, pues, ¿qué buscarías?
—¿Cómo encuentra a su víctima? ¿La asalta? ¿Utiliza un acercamiento verbal? ¿Cómo la controla una vez establecido el contacto? ¿La asalta de modo sexual? ¿Lo hace antes o después de asesinarla? ¿La tortura? ¿Mutila su cuerpo? ¿Deja algo en el escenario? ¿Se lleva algo?
—¿Pero tales cosas no pueden verse asimismo afectadas por contingencias inesperadas?
—Desde luego. Pero lo más crítico es si él hace tales cosas como parte de la representación de su fantasía, del ritual de disipación de su ira, o sólo como tapadera.
—¿Qué crees, entonces? ¿Lo que te he descrito tiene una firma?
—¿Con carácter no oficial?
—Desde luego.
—Sin duda alguna.
—¿De verdad?
Yo había comenzado a tomar notas.
—Me apuesto la cabeza.
—Tus rizos están a salvo, John. ¿Crees que se trata de un sádico sexual?
Percibí un tintineo mientras él cambiaba el teléfono.
—Los sádicos sexuales se excitan con el sufrimiento de sus víctimas. No sólo desean matar: quieren que sufran. Y (esto es crítico) ello los excita sexualmente.
—¿Y?
—Las pautas que me has expuesto en parte así lo afirman. La inserción de objetos en la vagina o en el recto es algo muy frecuente en esos tipos. ¿Estaban esas mujeres vivas cuando lo hizo?
—Por lo menos una de ellas. Es difícil determinarlo en las otras dos porque los cadáveres se hallaban muy descompuestos.
—Parece posible que se trate de sadismo sexual. Lo que realmente interesaría saber es si el asesino se excitó con estas acciones.
No podía responder a eso. No se había encontrado semen en ninguno de los cadáveres. Así se lo dije.
—Es útil, pero eso no descarta el sadismo sexual. Yo conocí a un tipo que se masturbaba en la mano de su víctima y luego se la cortaba y la trituraba en una licuadora. En esos escenarios nunca se encontró semen.
—¿Cómo lo cazasteis?
—En una ocasión su puntería no fue tan buena.
—Tres de esas mujeres fueron descuartizadas. Eso lo sabemos con certeza.
—Lo que puede demostrar una pauta, pero no constituye prueba de sadismo sexual. A menos que se realizara antes de la muerte de la víctima. Los asesinos en serie, sean o no sádicos sexuales, son muy astutos y planean ampliamente sus crímenes. La mutilación posmórtem no significa de modo necesario que exista un componente sexual ni sádico. Algunos lo hacen simplemente para deshacerse con más facilidad del cadáver.
—¿Y qué me dices de la mutilación? ¿De las manos?
—La misma respuesta. Es una
pauta, una exageración, pero puede ser o no sexual. A veces sólo es
un medio de dejar indefensa a la víctima. Sin embargo advierto
algunos indicadores. Dices que esas personas eran desconocidas para
su asesino, que fueron golpeadas de manera brutal, que sufrieron
inserción de objetos, probablemente ante mórtem. Esa combinación es
característica.
Yo anotaba precipitadamente.
—Comprueba si los objetos fueron llevados al escenario del crimen o si ya se encontraban allí. Eso podría formar parte de la firma del tipo: planear las cosas en lugar de mostrar una crueldad circunstancial.
Lo anoté y contemplé lo escrito con ojos encandilados.
—Dime otras características de sadismo sexual.
—Un modus operandi establecido. Utilizar un pretexto para establecer contacto. La necesidad de dominar y humillar a la víctima. Crueldad excesiva. Excitación sexual por el temor y el dolor de la mujer. Conservar recuerdos de ella. El...
—¿Qué has dicho últimamente?
Escribía tan deprisa que se me agarrotaba la mano.
—Recuerdos.
—¿Qué clase de recuerdos?
—Elementos del escenario del crimen: retales de ropa de la víctima, joyas, esas cosas.
—¿Recortes de periódicos?
—A los sádicos sexuales les encanta que la prensa hable de ellos.
—¿Suelen guardar constancias?
—Mapas, diarios, calendarios, dibujos, lo que quieras. Algunos graban cintas. La fantasía no consiste sólo en matar. El asedio previo y la representación posterior acaso constituyan gran parte de la excitación.
—Si son tan hábiles para evitar que los descubran, ¿por qué guardan todo ese material? ¿No resulta arriesgado?
—La mayoría se creen superiores a los policías. Demasiados inteligentes para ser capturados.
—¿Y qué me dices de las partes del cuerpo?
—¿Partes del cuerpo?
—¿Las guardan?
Una pausa.
—No es habitual, pero sí en ocasiones.
—¿Qué piensas entonces de la idea del metro y de los anuncios por palabras?
—Las fantasías que esos tipos desarrollan pueden ser increíblemente complicadas y muy específicas. Algunos necesitan localizaciones especiales, secuencias exactas de los hechos. Otros sádicos sexuales precisan respuestas específicas de las víctimas, por lo que preparan el guión completo y la obligan a decir determinadas cosas, a realizar ciertos actos y a vestir ciertas ropas. Pero esos comportamientos no son sólo típicos de los sádicos sexuales, Tempe. Caracterizan muchísimos desórdenes de personalidad. No hay que aferrarse a la vertiente sádico sexual. Debes procurar buscar la firma, esa tarjeta de visita que sólo dejará tu asesino. Así es como lo acorralarás, pese a las clasificaciones que le den los psiquiatras. Utilizar el metro y el periódico pueden figurar en las fantasías de ese tipo.
—Basándote en lo que te he dicho, ¿qué opinas, John?
Se produjo una larga pausa y a continuación un prolongado suspiro.
—Creo que has tropezado con un individuo realmente repulsivo, Tempe, poseído de terrible furia y extrema violencia. Si se trata de ese tal Saint Jacques, me preocupa que utilizara la tarjeta de crédito de su víctima. O es increíblemente necio, y no parece ser el caso, o por las razones que sea se está descuidando. Tal vez sufriera una repentina necesidad económica o se vuelve más audaz. El cráneo en tu jardín es como una bandera. Te enviaba un mensaje, tal vez una pulla. O es posible que a cierto nivel desee ser capturado. No me gusta lo que me has dicho de tu aparición en escena. Y parece que así es: la foto, el cráneo. Basándome en lo que me has dicho, se diría que te está zahiriendo.
Le hablé de lo sucedido aquella noche en el monasterio y del coche que me había seguido.
—¡Por Cristo, Tempe, si ese tipo se está centrando en ti, no juegues! ¡Es peligroso!
—Si era él quien se encontraba en los jardines del monasterio, ¿por qué no me mató entonces, John?
—Eso concuerda con lo que te decía antes. Probablemente lo sorprendiste allí y no estaba preparado para actuar tal como le gusta. No dominaba la situación. Tal vez no llevaba sus herramientas. Quizás el hecho de que estuvieras inconsciente lo privaba de la excitación que obtiene al ver el terror de su víctima.
—No seguía su mortífero ritual.
—Exactamente.
Charlamos un rato acerca de otros lugares, de antiguos amigos, de la época anterior a que el crimen formara parte de nuestras vidas. Cuando colgamos eran más de las ocho.
Me tendí, estiré brazos y piernas y me quedé inerte. Durante algún tiempo yací de tal modo, como una muñeca de trapo que recordara su pasado. Por fin se despertó mi apetito. Fui a la cocina, calenté una bandeja de lasaña congelada y me esforcé por comérmela. Luego pasé una hora reconstruyendo mis notas sobre lo que había dicho J. S. Recordé sus palabras de despedida.
«Los intervalos se están abreviando». Sí, lo sabía.
«Está aumentando los riesgos». También era consciente de ello.
«Tal vez ahora tenga sus miras puestas en ti».
A las diez me acosté. Yací en la oscuridad mirando al techo, solitaria y autoconmiserativa. ¿Por qué tenía que soportar la carga de aquellos cadáveres femeninos? ¿Me tenía alguien en la retícula de su fantasía psicópata? ¿Por qué nadie me tomaba en serio? ¿Por qué envejecía y comía congelados frente a un televisor sin verlo? Cuando Birdie se ovilló junto a mi rodilla, aquel pequeño contacto desencadenó las lágrimas que había estado conteniendo desde que había hablado con J. S. Lloré sobre la funda de la almohada que Pete y yo habíamos comprado en Charlotte. O, más bien, que había comprado yo mientras él paseaba por el local con aire impaciente.
¿Por qué había fracasado mi matrimonio? ¿Por qué dormía sola? ¿Por qué estaba Katy tan descontenta? ¿Por qué mi mejor amiga había sido de nuevo desconsiderada conmigo? ¿Dónde se encontraría? No, no quería pensar en ello. Ignoro cuánto tiempo yací allí sintiendo la vacuidad de mi vida, ansiando oír la llave de Gabby en la puerta.